diciembre 19, 2009

Calentamiento global

Doce del mediodía un chico llega en bici a la puerta de una casa, saca la llave del bolsillo y abre. El sudor le chorrea por las orejas y los pómulos están colorados como su boca abierta y jadeante. Las ruedas de la bicicleta perdieron el dibujo de las llantas y se trajeron el caucho del pavimento pegajoso.

Las suelas de las zapatillas están reblandecidas y los pelos de las piernas se desprenden arrastrados por la transpiración. Se le derrite la espalda que le gotea por el short. Intenta dar un paso para traspasar la puerta. Los hombros se le aflojan y los brazos como de arena blanda ser desgranan y caen. Las manos sueltan los dedos que reptan como lombrices en busca de la humedad de la tierra. La cabeza gira en el aire y cae al suelo al tiempo que se derrite y se licúa. Los ojos, los dientes y un arito de la ceja quedan sueltos, son piedritas.

La puerta quedó abierta, el aire cálido de la calle entra en la casa y asfixia el aire acondicionado.


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