mayo 21, 2009

Plaza Moreno

Verde y naranja son los chalecos que suben y se agachan para limpiar la nostalgia del otoño.
Camina sin apuro al trabajo. Piensa en su propia finitud, en su certeza implacable, irrefutable como el perro negro y rojo que yace muerto en mitad del asfalto. Frena y espera la luz del semáforo con la paciencia de las palmeras que ondean suave en la esquina.
Los sentimientos se deshojan y caen. Se aturden con la impaciencia de las bocinas, no esperan que el auto viejo cruce la bocacalle. Se abre paso entre los taxistas que reunidos desayunan café con facturas.
La Catedral detiene los pasos. Perfora el cielo con sus torres. Las palomas se asoman entre las gárgolas. Ignora la existencia de dios pero desde la punta del campanario alguien la observa. “Obediencia” piensa y se cruza con un adiestrador que lleva dos perros encadenados. Las campanas marcan la hora en punto y el final del recorrido. Apura el paso pero se resiste a traspasar las puertas giratorias de la oficina. Envidia al hombre que en la fuente vende libros baratos y toma mate con el chico de los diarios. Entra, los ascensores están ocupados por pilas de papeles. Afuera queda una bicicleta atada a la columna.

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