marzo 10, 2009

Urbanidad Platense

Un amanecer de sábado. Los chicos vuelven a sus casas con el tecno en las orejas o tal vez reageton.
El llamador de ángeles despierta las ramas de los tilos. Un chico chancletea las primeras hojas del otoño.
El cartonero revuelve los restos del festejo ajeno: hábil como un mago distingue las botellas rotas del cartón y el papel de regalos.
Una parejita de enamorados recostada sobre un cartel de alquiler de metegol. Él tiene escondido en la espalda un enorme oso de peluche amarillo. "Te amo Juli". "Gracias mi amor, me encanta". Y la remera violeta y el escote se apretan contra la camiseta de fútbol. Y las uñas rojas se entrometen en sus rulos y un intenso beso fucsia ilumina la esquina como el sol del mediodía.
El taxista saluda a la "¡boluda!" que maneja una cuatro por cuatro con patente del poder judicial. "¡Tu marido te compró el registro, imbécil!".
Una mamá y una abuela llevan de la mano a la nena de trenzas tirantes. En las manitos apretadas sostiene la bolsa de supermercado con el guardapolvo y una mochila rosa.
Descansan dos carretillas con sus obreros al costado de una pila de escombros "¿Mate o cerveza?". "Dale, dos paladas más y vamos al kiosco".
En la vereda de los tres álamos las persianas de la joyería se apoyan metálicas sobre los delgados troncos.
Un caballete en la puerta de una casa fundacional soporta grandes baldes de pintura. El pintor entra y sale del zaguán. Las gotas del pincel delatan su recorrido.
Un basurero repleto frente a la vidriera de sábanas de satén y un chico con zapatillas más grandes que rotas se le acerca buscando algo para comer.
"¡Compremos esta casita para el perro, dale papi, mirá la del techo amarillo!¡Dale papi compremos el platito para que coma, mirá es un hueso gigante, dale papi!"
Una puerta de hierro forjado encierra el parque de la casa envuelta en una telaraña de hiedras. La fuente de piedra no tiene agua pero está coronada con malvones rojos y un angelito que se quedó tuerto. Por la puerta de atrás un bastón se afirma entre los adoquines y sostiene el cuerpo de un viejo. Al lado las ventanas abiertas sacuden los acordes de una guitarra y un bajo.
El bulevard de la peluquería tiene las paredes recién pintadas: se callaron de blanco las letras del aerosol. Una señora rubia sale recién peinada con otra mujer igual a ella pero más jóven. Está hablando por celular mientras abre la puerta de su auto con el control remoto.
Un gorrión se moja las patas en las aguas estancadas. Ahora toma vuelo y se pierde entre los tilos.
Las sombras amarillas de las casas caen perpendiculares sobre las primeras hojas del pavimento solitario.
Adentro, el olor del cafe, tintinean las cucharas y se mezclan en las charlas.
Afuera, duerme la calle de un sábado a la tarde. Las cigarras ensucian el silencio.

1 comentario:

Gingerale dijo...

Disfruté este texto lleno de sensaciones