mayo 01, 2008

La visita de Kali

Es tiempo de caos. El orden cósmico empieza a alterarse. Los demonios amenazan.
Mi corazón lo presiente, no puedo dormir más, me despierto a las tres de la madrugada.
Estoy sola. Me levanto, miro por la ventana, la niebla cubre todo, no veo nada, solo niebla. Decido vencer este insomnio repentino y vuelvo al calor de mi plumón esponjoso.
Pero un inesperado instinto obliga a levantarme, a mirarme en el espejo. Me cuesta reconocerme. Soy yo, sí, pero no es mi mirada la que está atrapada en los ojos. No son mis piernas las que caminan. Ni mis brazos los que me desnudan, me quitan el camisón y me visten.
Me preparo un café, son las seis, no amanece por culpa de la niebla. ¿Pero si el pronóstico no la anunciaba?
Me subo al auto, pongo los Beatles a pesar de mis treinta años y salgo a la ruta.
Una humedad espesa no deja vislumbrar las luces del camino, que se suceden como átomos locos sin cuerpo, sólo cabezas encendidas atravesando la niebla. Me cuesta seguir la senda.
Una silueta cruza imprevistamente. Intento frenar, el auto patina y grita ahogado. Logro detenerlo, me bajo y lo veo.
Los Beatles seguían sonando, Help.
La conocí una madrugada de invierno en circunstancias puramente fortuitas.
Yo estaba volviendo de la casa de unos amigos, habíamos tomado cerveza mientras terminábamos de editar. Era el último año de mi carrera como cineasta.
Caminaba distraído. De golpe la neblina se apoderó de la ruta. Era violeta y rosada, descendía desde la atmósfera como una extraña maldición. Alucinado, me dispuse a filmarla. Apareció un auto que desesperadamente frenó al borde de mis zapatillas.
No me dejó reaccionar y abriéndose camino entre la bruma, surgió.
-¿Estás bien?, no te vi, no vi nada, perdoname, ¿Estás bien?- preguntaba desesperada sin esperar mi respuesta. -Te alcanzo hasta donde vayas, ¿te lastimé?- insistió.
-No, estoy bien- respondí intentando tranquilizarla.
Tenía los ojos negos, renegridos, dilatados, parecían de acero. Del pelo revuelto surgían mechones descontrolados. Era extremadamente flaca. Los brazos largos se agitaban arrítmicamente cuando hablaba.
La guitarra de los Beatles, seguía atrapada en el auto, Girl.
En medio del vértigo enloquecido que me envolvía me acerqué, le pregunté si estaba bien, le ofrecí llevarlo a donde fuera. Una boina de lana verde llovía de su cabeza. Los ojos castaños me observaban desconcertados. La boca húmeda, que mi verborragia no dejaba hablar, latía silenciosa. Las manos sostenían una cámara de video o algo así.
Finalmente subimos al auto. Acomodé el espejo retrovisor, era mi cara pero no era yo. Fue mi mano la que bajó su cierre pero no fui yo quien lo acarició. Lo seduje hasta el hartazgo con mi lengua tibia. Mi cuerpo envenenado de caricias lo enredaba y maniataba. Gritó, rogó, hasta lloró. Su carne palpitante y trémula finalmente se rindió. Y yo caí en un sueño profundo y reparador. Ahora sonaba, Don’t let me down.
Cuando accedí subir a su coche, mi mente estaba mareada y confusa. Conforme avanzábamos la niebla que se tornaba gris azulada penetraba por los vidrios empapándolo todo.
Lo que ocurrió de inmediato fue una alucinación exuberante. No sé si fue real. Placer en su estado más puro y desgarrador. Éxtasis. Me entregué a su gula de fuego. Hasta que extrajo todo de mi ser. Y así vació creí que había muerto.
La niebla se disipó dando paso a otro día otoñal. Las luces de la ruta recuperaron sus cuerpos y se extinguieron. Algunos autos empezaron a aparecer. Kali sintió saciada su sed una vez más. Era tiempo de irse. Era hora de descansar. Los dejó en el auto y se alejó llevándose la bruma.
La música de Hey Jude abrió mis ojos. En el esternón un nido ¿o nudo? de mariposas nocturnas negras y aterciopeladas. Tomaba conciencia de mi cuerpo, mientras me vestía como podía dentro del auto. El también se despertó, me miraba inerteo. Yo misma no encontraba la razón de lo sucedido, ni siquiera era conciente de la extraña cadena de actos de la noche anterior.
Le expliqué que me llamaba Maite, que era bailarina, que vivía sola con mi gato, que mi vida era un sinfín rutinario de ensayos de ocho horas diarias y escasa comida para mantenerme liviana.
Me despertó el piano de In my Life. Mi cuerpo rendido yacía desfallecido, extraño, vacío. Entonces empezó a hablarme pausadamente, su explicación, palabras acompasadas acunaban mi alma ansiosa por llenarse de su voz. Me contó que nunca le había ocurrido algo remotamente parecido, que no recordaba porque había salido a la ruta. Yo le conté que me llamaba Simón que tenía veinticinco años y que estudiaba cine. También le dije que me alucinó el encuentro, que no me interesaba encontrarle significado. Había sido una fantástica revelación.
Fue un año intenso, terminé la facultad. Mis amigos quedaban maravillados con las producciones de imágenes, los encuentros con Maite desarrollaron mi capacidad creativa hasta límites insospechados. Presenciaba todos sus ensayos, mirándola por la lente de mi cámara que subyugada, la seguía involuntariamente.
Cuando en casa editaba, adoraba una vez más las piernas que gráciles y moldeadas se movían desafiantes, provocándome vigorosamente. Una cruzaba delante de la otra y juntas volaban. El resto del cuerpo permanecía en otro plano, todo expuesto, altivo y radiante. Los brazos abiertos, el pecho arqueado exhibiendo sin pudor el corazón. Pero las piernas… las piernas en otra dimensión resguardando entre ellas el eje de su ser.
Me miraba, abriendo y cerrando las pestañas interminables, dejando escapar el brillo caoba de sus pupilas, un dulce sudor cubría la habitación. Era entonces cuando el rodete prolijo de su cabeza cobraba vida, los mechones se le desprendían vigorosos como tentáculos se erguían serpenteando. Todo el cuerpo aura ardiente.
Simón me contó lo que veía a través de su cámara, relataba extraños hechos, mi cabeza emanando víboras, llamas a mi alrededor. Yo simplemente bailaba ajena a todo, reponiéndome más tarde entre sus brazos.
Pero no llegaba a recuperarme, los médicos acusaron a mi magra dieta. Desde aquella noche de neblina en la ruta yo no lograba descansar bien. Las mariposas negras aletaban incesantes en mi pecho.
Mi mente razonadora no encontraba explicación. Intenté todos los caminos de la lógica, analizando cada fenómeno sucedido estos últimos días. Partía de lo que estaba sintiendo en dirección a lo sucedido. Como fuese, terminaba perdida en mi propio laberinto. Los días se sucedían densos y agobiantes. Dormía poco y comía menos. Solamente bailaba desenfrenadamente sin percibir presencia alguna.
Maite empezó a preocuparme, yo filmaba sin que ella lo notara. Sus ojos cada vez más negros refulgían ausentes. El pelo suelto aprovechaba para agitarse hasta incendiarse. Calor sofocante. Las llamas se extendieron más allá de su cabeza apoderándose del cuerpo. Las piernas, siempre cruzadas, ahora se abrían dejando al descubierto el único rincón que ella escondía de su danza. Las lenguas ardientes la penetraron hasta romperla.
Ahora bailo ante mi auditorio particular. Tengo de fondo la cortina de los Alpes siempre nevados. Todo blanco, adentro y afuera, olor a limpio. Estoy un poco más gorda es que me dan tantas pastillas… Llevo el pelo bien corto. Mientras recibo los aplausos de mi público que se pone de pie agitando sus cuerpos de chalecos y batas verdes, oigo salir del televisor la música de Let it Be, es un programa sobre premios de cine.
Estoy en Cannes, me entregan el galardón por mi ópera prima “La visita de Kali”. Hice un único pedido, que cuando subiera a recibirlo sonara algún tema de los Beatles.
Me subo al coche, enciendo All my Loving, estoy volviendo a casa y como lo hago todas las semanas, desvío mi camino y tomo la ruta hacia la montaña porque sé que ella me espera sobre el escenario.


.

No hay comentarios: