mayo 02, 2008

La noche de él

Esta es la historia de él, no la de ella, la que conocemos a través de sus ojos, los de él.
El tiene unos ojos distintos: nacieron sin pestañas. La ausencia de pestañas en esta historia es vertebral, son ellas y su entretejida trama las provocadoras de la oscuridad abismal, necesaria para conjurar la noche. Estos ojos no conocen la noche. Abiertos o cerrados, siempre ven el día.

Él transita los días entre jugo de naranja y cereales, remeras con estampas de los años setenta, amigos de digitales fotografías instantáneas. Un viaje a Londres postergado para su remota adultez. Recorre laberintos urbanos y descubre los nuevos itinerarios de la gran ciudad montado en la Ferrari conducida por el zorro de afilados colmillos. Se aturde los oídos con vinilos estridentes y le rinde culto a las luces de neón mintiéndose que son el sol.
Un día, estos ojos cansados de tanto cemento liviano y música plateada decidieron buscar la noche. Entonces se cerraron. Pero unas finas lanzas de luz atravesaron los párpados desnudos. Él no alcanzó la profundidad de la noche.
Lo encontró la penumbra. Comenzó a penetrarla como en un túnel donde lo transparente se vuelve sombras.Llegó hasta una ciudad gris dibujada en perfecta escala, los hilos de la claridad filtrada rebotaban en el vitral de la iglesia principal.
La incomodidad que precede el miedo y la inseguridad del sitio sin un alma lo incitaron a abrir los ojos. No sucediera que se le aparecieran las máscaras de caballos que poblaban sus pesadillas.
En ese instante vio que ella lo miraba distraída, cruzaba las puertas metálicas del edificio de cristal empapado por la bruma. Se le acercó atraído por la idea de arrebatarle alguna de sus infinitas pestañas negras.
Ella empezó a hablarle, empleando palabras de su penumbra, él le respondió con las traídas desde el día. El mismo idioma, distintas palabras, las dos tramas de una misma textura. Los mismos libros, la misma música, los mismos film orientales. Opuestos por el detalle de los ojos diurnos, los de él, y nocturnos los de ella. Unidos por el efímero instante que dura la penumbra.
Más interesado por sumergirse en el azul profundo del mar (como él imaginaba la noche) que por escucharla, despegó los párpados sin esfuerzo y murmurando vagas palabras blancas, se alejó hasta desintegrarse en el calor de las luces de neón.

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