mayo 02, 2008

La noche de ella

Esta el la historia de ella, no la historia de él. La que conocemos a través de sus ojos, los de ella.
Ella tiene unos ojos muy originales. Cuando los sostiene abiertos, apenas interrumpidos por el pestañeo habitual, siempre es de día. Entiéndase por día la vida que corre en el carril de la rutina terrenal.

Cuando los cierra, la noche. La noche como espacio sin tiempo donde se gesta lo nuevo o se recicla el sedimento añejo.
Estos ojos son lo Regentes del Tiempo. La presencia del sol o de la luna es un detalle escenográfico, no indican el día o la noche.
Un día de ella comienza cuando abre los ojos. Se levanta, desayuna té naranjas en el sillón de cuero, se viste de blanco con bufanda gris y sale a trabajar o a estudiar. Después cena con amigos, vuelve a su casa acompañada, escuchan música y se acuesta. Se duerme, los ojos abiertos. El día sigue y se encadena al siguiente que será similar.
Una noche de ella se inicia cuando cierra los ojos. Tiene pestañas exageradamente largas que al unirse impiden el mínimo as de luz. Entonces desciende por escalones de madera o de piedra, descorre rojos velos de terciopelo. Sigue bajando abre compuertas. El agua corre tibia, el viento sopla los vapores que suben. Ella nada un rato y se tira a descansar sobre plumones esponjosos. A veces elige cabalgar o simplemente correr. Ciertas noches decide bajar más profundo y logra volar.
Pero estos ojos caprichosos que se abre y cierran sin importarles el lugar o las circunstancias, fueron los que provocaron el extraño suceso.
Un día se les ocurrió cerrarse en horario de trabajo. Ella empezó a transitar la corteza nocturna bastante incómoda porque necesitaba que se hiciese de día para continuar las rutinas. Forzó las pestañas intentando abrirlas. Desenredó algunas, no pudo destejerlas completamente pero fue suficiente para que se colara cierta claridad.
Entonces, la penumbra. Donde el tiempo se detiene, es el umbral entre noche y día. Con la penumbra la luz invadió la noche que brilló como las de luna llena y la oscuridad atravesó el día volviéndolo gris.
Con los ojos entreabiertos caminó la penumbra y lo vio. El se acercó entre sombras. Nunca lo había visto en la vida diurna y la vida nocturna, como ya sabemos, es el espacio de uno mismo. El era el único habitante de la penumbra. Se sentaron, empezaron a hablar. Los mismos libros, la misma música, las mismas escenas de los mismos films, cierta simpatía por la vida oriental, el mismo gusto estético…
Llovía y hacía mucho frío, el viento soplaba húmedo en el hall de ese edificio, la gente entraba o salía de las oficinas.
El y ella detenidos en el tiempo de la penumbra que fluía en una larga conversación líquida. Ella lo escuchaba mirando su aterradora belleza, presintió que lo conocía de otros tiempos, nunca lo supo con certeza porque las pestañas se abrieron, se presentó el día y él se dio vuelta y se alejó. Se diluyó en la luz del sol.
¿Quién era este extraño que irrumpió en sus ojos y se le coló por las pestañas? Desde entonces pensó en dejar los ojos bien abiertos deseando reconocerlo a la luz del día.

1 comentario:

zulma dijo...

ME CONMOVIO,LAS IMAGENES SON PERFECTAS.