mayo 04, 2008

Habitante de la Penumbra

Sin llegar a expresarlo producía algo extraño en el estanque...Lo rizaba, lo licuaba, lo hacía saltar y girar y temblar en las profundidades del propio ser, de modo que de sus aguas no cesaban de surgir ideas que ascendían burbujeando y se introducían en el cerebro. Ideas que eran casi sentimiento.Virginia Woolf


El sol cae perpendicular sobre el mar apenas rizado. Recortan el horizonte las siluetas blancas de las casas en la isla de enfrente. Un poco más acá un peñón plagado de olivos entorpece la dulzura de la orilla. Las olas se pliegan como abanicos. Le enfría la piel de los pies. Ella camina indiferente a los cambios de su temperatura corporal. Ella está escribiendo. Cuando no lo hace puede atender sus obligaciones mundanas. Enfrenta el acero de la ciudad; consume litros de gaseosa espumosa como el Riachuelo. Hasta maneja sorteando laberintos tramposos de adoquines; frena cuando círculos rojos le ganan al verde. Toma ascensores. Y habla. Habla mucho. Con amigos, con hijos, con padres y hermanos. En fin, convive mansamente con los personajes de su vida real.
Pero ahora ella está escribiendo. Se le descalzan los pies. Se le arremolinan las olas en el pecho.
Poseída por la ficción intenta domar los personajes imaginarios que se le aparecen. Desbocados bajan al papel a su antojo. Y se esfuman, como círculos de humo, en el mismo instante en que ella cree haberlos atrapado.
Ciertas veces la saludan, le preguntan cómo se siente, le cuentan sobre los vaivenes del oleaje imaginario.
A favor de su cordura diremos que ambos planos jamás se entrecruzaron. Ni siquiera en los sueños. Sus habitantes eran muy respetuosos –o tal vez ignorantes- de la existencia de los otros.
Hasta que esa noche de silencio invernal uno de ellos atravesó la luna y traspasó los límites de su mundo para invadir el otro.
En una primera mirada, nuestra distraída autora, no lo reconoció, ni siquiera lo sospechó. Pero él la miró con la profundidad del mar nocturno desde sus reales ojos negros. Le habló del mundo imaginario con sus labios extremadamente carnosos. Entonces ella, surfeando en un mar de olas tumultuosas, empezó a escribir libre y feliz.
El tiempo se detuvo por unos cuantos años en un instante eterno. Ambos mundos empezaron a filtrarse. Como si él hubiese abierto una profunda grieta en la corteza, en un primer acto de creación. Las olas sumergieron los edificios acerados. La arena cubrió los adoquines. De corales se llenaron las plazas. Los ascensores ahora son cavernas de algas y erizos. Y esta desorientada autora no sabe si nadar o caminar. Su yo imaginario le indica que escriba, su yo real, que actúe. Ella lo busca real o imaginariamente porque sólo él le puede decir en qué mundo se va a instalar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

senciyamente me en canto. sos vos .Amigui. es muy lindo

Anónimo dijo...

ACTUARRRRRRRRRRRRRRRRR!!!!!!!!!!!!.antes me tomo el Amigui.