mayo 02, 2008

El rapto del sol

Maite se levantó a la misma hora, pero esa mañana el sol no había asomado. Corrió las cortinas de la ventana de su dormitorio, la intensa oscuridad había pintado de azul el césped. La neblina cortaba las copas de los árboles y ocultaba el horizonte. Cerró las cortinas y se recostó otro rato, esperaría que amaneciera para ir al pueblo.
Se adormeció y tuvo un sueño: está montando a Boris sobre colinas plagadas de flores silvestres, libélulas revolotean sobre su cabeza. A los lejos, un volcán , se abre en dos y deja salir la silueta de un hombre que cabalga hacia ella, no puede distinguir su cara. El golpe de los cascos la despierta, los caballos en el establo empezaban a hacerse oir. Claro, hacía un largo rato que debería haber ido a prepararlos. Eran tres machos y una yegua los que asomaban sus hocicos húmedos todas las mañanas. Consultó su reloj, las once, pero la noche seguía instalada.
Sus hermanos se despertaron alarmados ante la mañana eclipsada. Luis, el único varón ensilló la yegua y partió al pueblo en busca de alguna noticia.
El gallo no cantó, las flores no despertaron a sus pétalos, únicamente la dama de noche, que como sabemos abre sus campanillas blancas cuando el sol desaparece, iluminaba el jardín.
Maite, mientras tanto, encendía algunas velas para tranquilizar a sus pequeñas hermanas que habían empezado a llorar.
De regreso, Luis contó las novedades: “parece ser que tal como sucede cada ciento cincuenta años, desciende sobre estos parajes la Maldición de Kali, o la Noche Eterna , una suerte de mujer de mil tentáculos en la cabeza que se apodera del sol, lo seduce con danzas hipnóticas, lo rodea con infinitos brazos y lo envuelva hasta adormecerlo. Entonces lo transporta hasta su morada, el Volcán Magma allí lo retiene hasta que alguien lo rescate”.
Maite, acostumbrada desde niña a resolver los problemas de un hogar sin padres y con tres hermanos a cargo, respondió enérgicamente: “Organicemos grupos con antorchas y armas y vayamos hacia el Magma en busca del sol que Kali nos robó”.
“Dejame terminar –la interrumpió Luis- en el pueblo también escuché a Doña Zina, la anciana conocida y respetada por su sabiduría, quien aseguró que Kali entrega el sol a cambio de la muchacha más bella a la que la oscuridad haya sorprendido.”
Luis no terminó el relato, porque se oyeron golpes en la puerta, eran los hombres del pueblo, venían por Maite. Llegaron con Doña Zina que posó sus manos agrietadas sobre los ojos de la bella joven y sus huesos diminutos y torcidos irradiaron luz . “Querida hija, te concedo el don de ver en la más absoluta oscuridad, que el buen Dios te bendiga”.
La muchacha ahora era capaz de ver en medio de la noche cerrada. Podría penetrar dentro del profundo bosque sin necesidad de antorchas porque había sido dotada de luz propia.
Se despidió de sus hermanos con un beso a cada uno. Recomendó a Luis que cuidara de las pequeñas. María, la menor, tironeándole el vestido le pidió que se agachara para hablarle al oído. La niñita anudando los bracitos como sogas del cuello le dijo: “Te prometo que voy a portarme bien y que voy a colaborar con mis hermanos en las tareas de la casa, pero yo me voy a sentir más contenta si te acompaña la libélula que vive en la campana más chiquita de la dama de noche."
Maite la miró emocionada y desanudándoles las manitos le explicó: “ María, mi amor, no me serviría de ninguna ayuda un insecto tan diminuto.”
“Te equivocás hermana” –aseguró la niña y tomándola de la mano la llevó hasta la esquina del jardín . Le señaló la más pequeña de las campanas que permanecía cerrada, se acercó a ella susurró murmullos incomprensibles y salió volando una libélula de alas transparentes. Se posó en la palma de la mano de Maite y le dijo: “María me contó de tu viaje hacia el volcán Magma, mucho peligros te acecharán y yo sabré guiarte entre senderos tortuosos”.
Cargó sobre la espalda un atado con algún abrigo y unos cuantos víveres para soportar el largo viaje. Llevaría los zuecos con los que trabajaba la tierra, porque le estaban más cómodos y en el bolsillo, la libélula.
El bosque se cerraba conforme la joven avanzaba. Las malezas surgían de la tierra, se enredaban entre los troncos formando redes impenetrables. De los árboles colgaban lianas húmedas que le rozaban la cara como si el mismo diablo pasara la lengua. La pobre no alcanzaba a ver el camino preocupada por quitarse de encima las ramas y por tratar de desenmarañar las mallas herbívoras que obstruían el paso. Afortunadamente, Libélula podía infiltrarse entre las matas y se adelantaba unos metros para advertirle el lugar más apropiado donde dar el paso.
Por fin llegaron a una claro del bosque atravesado por un río, donde flotaba solitaria una balsa corroída y descascarada. Maite se subió, buscó los remos en vano, como sea la balsa comenzó a moverse y temblorosa avanzó entre aguas fangosas dejando tras de sí estelas de espuma como baba de caracol.
Sólo Maite podía ver este paisaje, sus ojos poseían la luz de la anciana. De haber estado nosotros alli, bajo un cielo tan negro que ni la estrella más valiente puede asomar, habríamos dado pasos ciegos entre sendas tramposas hasta perder el rumbo. Tampoco hubiésemos visto la balsa, seguramente habríamos tropezado con ese río viscoso cayendo en sus aguas de olores estancados.
Maite pudo ver en el horizonte el volcán que abría la boca como un caldero gigante. Vomitaba chorros de lava que desembocaba en el río donde navegaba la balsa. Así llegaron hasta las puertas del Magma custodiadas por dos serpientes de fuego. Hablaron al unísono: “Bienvenida, dulce niña, míranos a los ojos, no apartes por un instante tu mirada de nosotros y así te transportaremos hasta nuestra ama Kali”.
Libélula se apuró a llegar a los oídos de Maite y le advirtió: “Cuidado, no dejes de iluminar sus ojos con la luz que te regaló Doña Zina, si parpadeas al menos una vez, caerás bajo la hipnosis de estas malvadas.”
Maite, tal como su amiga le aconsejó, con la mirada refulgente adormeció a las traicioneras guardianas.
Entró y siguió avanzando entre la lava, esquivando las piedras encendidas que se desprendían de las paredes. Trepó escarpados caminos y se lastimó las manos en sus intentos por no caer y perdió los zuecos. Cuando llegó hasta una plataforma, con los pies llagados, se encontró de frente a un dragón de dos cabezas que exhalaba frondosas llamaradas. Libélula voló hacia el cráter, escapó en busca de las aguas danzantes, patronas de las lluvias primaverales, que se colaron entre las rocas volcánicas cayendo sobre ambas cabezas. El dragón al ver extinguido su poder, eligió lanzarse al abismo.
Maite aprovechó la frescura de la lluvia para reponerse. Pero la calma fue efímera, ante los ojos de la joven se alzaba Kali. Clavó sus pupilas renegridas en la muchacha, abría y cerraba las pestañas interminables. Con vos áspera y susurrante le dijo: “Maite, tan audaz y decidida, nunca otra joven había logrado vencer todos mis obstáculos”.
“Entonces –replicó la joven- merezco una explicación, porqué nos ha robado usted el sol.”
“Seguime” fue la respuesta. Comenzaron a andar.
Llegaron hasta la parte más alta del volcán y se toparon con un laberinto de rocas. A medida que avanzaban aparecían manchones de pasto entre las piedras. Más adelante eran reemplazadas por tierra fértil de la que crecían jazmines. Respirar el aire oxigenado la renovó, un poco mareada por todas las vueltas. No entendía cómo podía existir tan bello jardín en aquellas profundidades.
Cuando llegaron al final del laberinto las esperaba un estanque transparente, anaranjado por las escamas de los pecesitos y con algunos cisnes en la superficie. Alimentado por una cascada cristalina, donde Maite corrió a calmar la sed. Detrás de la cortina creyó ver al joven del sueño la noche anterior a su partida.
“Es Simón –dijo Kali- mi amado hijo. Hace muchos años fui condenada a vivir en esta morada oscura de la que por un extraño conjuro jamás podré escapar. Cuando nació Simón me desesperé por abastecerlo de vida, es por ello que necesito la luz del sol. Esta maldita condena perdurará por todos los tiempos, solamente mi hijo podrá liberarse de ella si encuentra una mujer que sea tan valiente de llegar hasta aquí.”
El apuesto Simón se acercó a saludar a su madre, rubio y dorado como el sol, una mano sostenía las riendas y la otra acariciaba el hocico, como Maite suele hacer con sus caballos.
Kali comprendió que era tiempo de regresar el sol a su justo lugar.
Los jóvenes volvieron al pueblo donde todos los recibieron felices porque Libélula había volado a contarles la noticia.
El Gran Magma se extinguió para siempre. Cuentan que cada atardecer se puede ver a la joven pareja cabalgando en los jardines florecidos sobre el volcán.

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