mayo 02, 2008

El anillo del rey

¿Qué soberbia mano puede sentirse capaz de llevar en el dedo índice la réplica de una corona?
Ella era un insecto transparente, casi una libélula. El ruido de las alas era la voz que nadie oía. Cada mañana tomaba el ascensor sin ser vista. Se ubicaba en su escritorio y no levantaba la cabeza hasta el mediodía, que llegaba él.
Era un caballo con cabeza de ciervo. La cornamenta lo protegía como cualquier corona a su rey y la capa sobre los hombros lo envolvía evitando que los demás lo tocaran. Caminaba sin dejar huellas, respiraba sin quitar el aire. Pero todos admiraban su andar.
Apenas lo vio, empezó a revolotearle alrededor. Sus ansias de que él la viera despertaron algún pincel que coloreó su presencia: fue rosado en la piel, verde en los ojos y almendra los cabellos. El insecto abandonaba su capullo.

"Cuando detuvo su mirada en la mía, las alas se me agitaron hasta desprenderse de la espalda. Si el aliento del hocico me rozaba, el aire se acumulaba en mi garganta y no podía hablar por un día entero. Apostaba conmigo misma sobre el color con el que vendría vestido y acertaba. Las tardes en las que charlábamos largo, se transformaron en primaveras, aunque en la calle lloviera gris. Por fin encontré justificación a tanto tiempo de estar sin presencia.
Una de esas mañanas de invierno en las que no logro entibiar el aliento, apareció, sin que nadie la esperase. Tenía las orejas puntiagudas y los ojos rasgados de lince, el pelo bastante ralo. Se reía al mismo tiempo que contoneaba sus ancas, es posible que fuese cruza con hiena. Llevaba los dedos enfundados en anillos para hurguetear mejor entre la carroña.
Ella se acercó y le regaló uno de sus anillos, ese del anular con forma de corona, él a cambio le entregó sus cuernos. También le contagió la risa estridente. Tan fuerte rieron juntos que el aire de sus hocicos me voló lejos.
Entonces odié, a él y al pincel que olvidó pintarme la lengua y dibujarme palabras de amor que nunca dije.
Volví a ser invisible y lo aproveché. Esperé que ambos tomaran el ascensor. Antes de que la puerta se cerrara me escabullí dentro. Sobrevolé las manos y le quité el anillo del rey, subí hasta el cuello, y le clavé hondo la punta de la corona.
Bajé por las escaleras con el anillo apretado en el puño. El aturdimiento no me permitía sentir la sangre que brotaba de mi mano, empezó a chorrear por el antebrazo, siguió por el codo hasta gotear los escalones. Me detuve y me senté. Abrí la mano arranqué el aguijón maldito de tu amor. Esta cacería había resultado mal."

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