mayo 02, 2008

Alina

La tierra regada de maíz. Alina está en el gallinero picoteando para alimentarse, se topa con otros picos que cuentan su misma historia.

Alina se levantaba las mañanas y engullía chocolate caliente y tostadas con manteca y con la panza bien llena se iba para la escuela, pero antes su mamá la obligaba a enfundarse en bufandas y mantones y aspirar el oxígeno del tuvo que rigurosamente custodiaba la puerta.
Cuando regresaba, debía lavarse las manos con desinfectante, quitarse los zapatos y encintar sus pies con gasas estériles. Un rocío de menta y eucalipto caía desde el techo de la casa.
En las noches, cenaban pasta de carne deshidratada con puré de lentejas que acompañaban con un brebaje de calcio, más hierro, más sangre, más células de embriones disecados.
Su madre la bañaba con agua de lluvia filtrada y la rociaba con gotas de ozono y alcanfor.
Un domingo de lluvia la llevó a la casa de una amiga. Pasaron toda la tarde pisando los charcos del campo. Tomaron mate con muchísima azúcar.
Cuando volvió, la mamá sacó la lupa del placard y le observó el cuerpo desnudo. Descubrió dos manchitas anaranjadas en la cola y de la nariz chorreaba un hilo de caldo amarillo. Con el bisturí que siempre lleva tomó una muestra del naranja y en un frasquito de vidrio guardó el caldo. Llevó todo al laboratorio. El médico le explicó que era solo un resfrío y las manchas de la cola resultaron ser dos plumitas que se habrían colado cuando anduvo jugando en los charcos.
A los pocos días, mientras almorzaba, se atragantó con un pedazo de pan orgánico que solía comer a los apurones, era mucho más sabroso que la carne disecada. Al rato, Alina estaba sentada en la camilla del médico y su mamá aseguraba que había tenido náuseas y vómitos a pesar de las explicaciones de la niña y del doctor : solamente se había atorado.
Las plumas seguían creciendo, nacieron nuevas de color violeta y los poros se inflamaron como cráteres.
Un mañana, su espalda se inclinó hacia el suelo cuando la madre apoyó el canasto con verduras cargado de choclos. Sus dedos ganchudos no le obedecieron para agarrarlos, en cambio su boca dejó escapar una la lengua finita que alcanzó los granos con picotazos certeros.
Su mamá se acercó para atraparla, en las pupilas dilatas por el miedo Alina vió reflejado su nuevo cuerpo.
Voló, para escaparse, ella quiso atraparla sosteniéndola de un ala, pero fue inútil. Se soltó y huyó lejos, hasta llegar al maizal.
Un hocico resopló sobre su cresta amarilla. el granjero que recorría los campos la recogió y la llevó al corral.
Su madre no la olvidó , cada semana viene a recoger los huevos que generosamente le ofrece para que siga criando a los hermanos.

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